Una historia de fe y servicio en Camboya

Una historia de fe y servicio en Camboya

La vocación de servicio puede comenzar en las aulas y conducir a lugares muy distantes de lo conocido. Para la Lic. Solange Fernández y el Lic. Cristian Jara, ambos formados en la Universidad Adventista del Plata (UAP), ese camino los llevó hasta Camboya, en el sudeste asiático, donde desde hace seis años participan de una experiencia misionera con Adventist Frontier Missions (AFM).

La pareja eligió trabajar en una región alejada de la capital camboyana, entre los Pnong, una comunidad indígena que, según relataron, no contaba con presencia adventista cuando llegaron. Su propósito fue abrir camino en un territorio donde el mensaje cristiano aún no se había compartido de manera organizada. Hoy, su experiencia incluye el acompañamiento a nuevas comunidades de fe, iniciativas de atención primaria de la salud y la formación de líderes locales.

En su regreso a la UAP, Solange y Cristian compartieron con UAP Noticias su testimonio y las lecciones que recogieron durante estos años de servicio. La visita también los encuentra en una nueva etapa: Solange está en la semana 37 de embarazo y ambos esperan el nacimiento de Julián, quien se sumará a la vida misionera de sus padres.

Cristian Jara junto a la comunidad Pnong.

Una vocación que comenzó durante la formación universitaria

La historia de Solange y Cristian con la misión se fue definiendo mientras finalizaban sus estudios en la Universidad. Durante esa etapa, comenzaron a conversar con los capellanes universitarios y a investigar las organizaciones que ofrecen oportunidades de servir en otras culturas.

«Nosotros no queríamos ir a un lugar donde ya hubiera presencia adventista. Queríamos ser pioneros», recordó Solange al explicar qué los llevó a interesarse por AFM, una organización dedicada a acompañar iniciativas misioneras entre pueblos y comunidades con escaso acceso al evangelio.

Antes de llegar a Camboya, ambos tuvieron su primera experiencia de voluntariado en Ecuador. Cristian había servido como capellán y Solange como docente a través del Servicio Voluntario Adventista. Aquella etapa les permitió conocer de cerca el trabajo misionero y profundizar su deseo de asumir nuevos desafíos.

Después de casarse y completar su formación, decidieron dar un paso más: trasladarse a un lugar donde pudieran contribuir al establecimiento de una presencia adventista desde sus inicios.

Aprender otra cultura para construir vínculos

La llegada a Camboya representó un desafío que iba mucho más allá de la distancia geográfica. El aprendizaje del idioma jemer, las costumbres y las formas de relacionarse exigieron un proceso de adaptación constante.

Cristian recordó que uno de los aspectos más complejos fue comprender los códigos culturales de la comunidad. En una sociedad donde preservar la armonía y evitar la vergüenza pública son de gran importancia, una respuesta afirmativa no siempre implica un compromiso concreto.

«Es necesario acercarse a esa realidad, adaptarse y comprender qué expresan realmente los gestos de esa persona», explicó.

Cristian Jara en un momento de oración con la comunidad camboyana.

El matrimonio trabaja con los Pnong, una comunidad de tradición oral distribuida en unas 92 aldeas, con una población estimada entre 45 000 y 60 000 personas. En ese contexto, el acercamiento se construye a través de la convivencia, la escucha y la disposición para responder a necesidades concretas.

La formación profesional de ambos también encontró su lugar en esta tarea. Cristian combinó el acompañamiento espiritual con consejos de salud para acercarse a las familias, mientras que Solange participó en iniciativas de atención primaria y asumió la dirección de una escuela construida con el apoyo de la organización misionera. Con el tiempo, el proyecto educativo fue transferido a líderes locales y a la misión adventista, como parte de un proceso orientado a fortalecer las capacidades de la propia comunidad.

El servicio como puerta de entrada al diálogo

En una cultura atravesada por creencias animistas, donde ciertos accidentes o enfermedades pueden interpretarse como manifestaciones de fuerzas espirituales, el matrimonio encontró oportunidades para servir de maneras inesperadas.

Cristian relató que, en determinadas circunstancias, las familias temían tocar o trasladar los cuerpos de personas fallecidas, especialmente cuando la muerte se asociaba a causas sobrenaturales. Ante esas situaciones, ellos colaboraron en el traslado de los cuerpos y en el acompañamiento durante los funerales.

Aunque no era una tarea que hubieran imaginado al iniciar su proyecto, ese servicio generó preguntas entre los habitantes de las aldeas. ¿Por qué estaban ellos dispuestos a ayudar? ¿Por qué no parecían temer las consecuencias espirituales que otros asociaban a esas prácticas?

Para Cristian, esos momentos abrieron espacios de conversación sobre sus convicciones y su confianza en Jesús. La experiencia les enseñó que, en ocasiones, el servicio cotidiano puede construir vínculos antes de que exista un diálogo explícito sobre la fe.

Solange Fernández junto a madres de la comunidad Pnong.

Una oración que fortaleció la fe de toda una comunidad

Entre las experiencias que marcaron su recorrido, Cristian recordó el caso de una joven llamada Kompheak, quien llegó enferma a una de las pequeñas comunidades cristianas a las que acompañaban.

Según su relato, la joven había buscado ayuda médica y recurrido a prácticas espirituales tradicionales sin encontrar alivio. Finalmente, decidió acercarse a un grupo que se reunía en una casa para conocer a Jesús y orar.

La congregación llevaba apenas tres meses de formación y sus integrantes eran nuevos en la fe. En lugar de asumir personalmente la oración, Cristian decidió invitar a algunos de ellos a participar, con el propósito de que aprendieran a confiar en Dios por sí mismos.

«Cristo nos escucha a todos», les explicó antes de pedirles que oraran por la joven.

Lo que más lo impresionó fue la convicción con la que los integrantes del grupo participaron. Al terminar, mientras él se disponía a retirarse, los demás permanecieron junto a Kompheak, preguntándole cómo se sentía. Cristian contó que la joven experimentó una mejoría que interpretó como una respuesta de Dios y que, según su testimonio, no volvió a padecer esa afección.

Más allá de la experiencia personal, el episodio le dejó una reflexión sobre el papel de los nuevos creyentes en la misión: la fe no depende exclusivamente de la preparación académica o de la experiencia de quien acompaña, sino también de la disposición de cada persona para poner en práctica lo que aprende.

La comunidad local se convierte en protagonista

A lo largo de estos seis años, uno de los aprendizajes más significativos para Cristian ha sido observar el compromiso de los propios habitantes de la región. Según contó, la comunidad ya ha establecido seis casas de iglesia en distintas aldeas, a pesar de que muchos de sus integrantes no saben leer ni escribir.

«Una persona del lugar puede aportar más a la transmisión del evangelio que alguien del extranjero, aun cuando este cuente con una sólida formación intelectual», reflexionó.

La experiencia lo llevó a revisar su propia manera de entender la misión. Para él, el conocimiento adquirido durante su formación teológica cobra sentido cuando se traduce en acciones concretas, mientras que el compromiso de los creyentes locales demuestra cómo una fe vivida puede multiplicar su alcance.

Solange, por su parte, destacó el crecimiento espiritual que experimentó en un contexto en el que no siempre contaban con una comunidad de habla hispana, con reuniones habituales ni con las estructuras religiosas a las que estaban acostumbrados. Esa realidad los llevó a fortalecer su relación personal con Dios mediante el estudio de la Biblia y la oración.

Dato: Para los Pnong la comida es un acto estrictamente colectivo y familiar.

«Aprendimos a tener una relación más genuina con Dios», señaló. La experiencia, agregó, les permitió comprender que las enseñanzas bíblicas no son solo ideas inspiradoras, sino también principios que orientan la vida cotidiana.

Una nueva etapa: la misión en familia

La llegada de Julián plantea nuevas preguntas para el matrimonio. La crianza, la educación y el acceso a la atención sanitaria en una región alejada de los principales centros urbanos son aspectos que deberán considerar al continuar su labor.

Ambos reconocen que todavía están buscando respuestas y que no cuentan con todas las certezas. Sin embargo, su intención es seguir adelante, confiando en que podrán discernir cómo integrar la vida familiar con su vocación misionera.

La decisión de convertir el servicio en un proyecto de vida también implicó renuncias profesionales y personales. Cristian recordó que, antes de partir, recibió una oportunidad de trabajo pastoral dentro de la organización eclesiástica, pero eligió priorizar su llamado misionero. Con el tiempo, ambos decidieron asumir este compromiso a largo plazo.

Desde su experiencia, animan a los estudiantes y jóvenes que consideran el voluntariado a dar el primer paso, incluso cuando el futuro parece incierto. Una experiencia de servicio de un año, explicaron, puede ayudar a determinar si esa vocación tiene continuidad.

«Aunque hay cosas que se pierden, lo que se gana es mucho más», expresó Cristian al compartir su perspectiva sobre el camino recorrido. Solange, por su parte, invitó a no postergar una decisión por temor a las oportunidades laborales que puedan surgir: si existe la convicción de servir en otra cultura, sostuvo, vale la pena prepararse y avanzar.

La historia de Solange Fernández y Cristian Jara comenzó durante su formación en la Universidad Adventista del Plata y continúa hoy en una comunidad a miles de kilómetros de la Argentina. Su testimonio refleja cómo la preparación profesional, la disposición para aprender de otras culturas y el compromiso con el servicio pueden converger en una vocación que se transforma con el tiempo. Ahora, con Julián en camino, el matrimonio se prepara para vivir una nueva etapa de esa misma misión.

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