El Mag. Horacio Rizzo, rector de la Universidad Adventista del Plata (UAP), comparte este artículo destacando un valor intrínseco que se repite y prospera en cada graduación que se sucede en este campus universitario.
Hay momentos en una ceremonia de graduación que trascienden el protocolo. Momentos en que el amén del templo o el aplauso del auditorio reconocen más que un título, celebran una historia. En la última graduación de la Universidad Adventista del Plata, esos momentos se multiplicaron de una manera que no podía dejar pasar sin reflexión.

Cinco matrimonios recibieron juntos su diploma universitario. Parejas de distintas carreras, algunos con hijos, que eligieron —en medio de la rutina doméstica, los horarios partidos y las exigencias académicas— que el proyecto del uno sería también el proyecto del otro. Uno estudia mientras el otro trabaja. Uno rinde mientras el otro, cuida. Uno avanza, y el otro empuja desde atrás, sin aplausos, pero sin soltarse de la mano de la persona con la que comparte la vida. También se graduó una madre junto a sus dos hijos, compartiendo algo más que el apellido: compartiendo el esfuerzo, la perseverancia y el orgullo de llegar juntos.
Estas son muestras de lo que vivió cada uno de los graduados, aun los que recibieron el título solos, sin un familiar con toga a su lado, todos llegaron acompañados. Algunos con familia presente, otros con familias que siguieron el momento desde lejos, a través de una pantalla. El apoyo silencioso de un padre, la oración de una madre, la paciencia de un hermano: también eso se graduó ese día. Un título universitario rara vez es un logro individual. Es, casi siempre, un logro en equipo.
Uno de los detalles más conmovedores de la jornada fue constatar que varios padres de graduandos conocían la UAP por primera vez ese día. Habían enviado a sus hijos a una institución que nunca visitaron, en una ciudad que no era la suya, confiando en algo que no podían ver del todo pero que les generaba seguridad. Esa confianza depositada en lo desconocido tiene un nombre: fe. Y también tiene un fundamento: la convicción de que había allí una comunidad que cuidaría a sus hijos. Recibirlos ese día, ver su emoción al recorrer los pasillos y conocer los espacios donde sus hijos se desarrollaron, fue para esta universidad un privilegio y una responsabilidad renovada.
Ya lo anticipaba el sabio Salomón: “Mejores son dos que uno, … porque si cayeren, el uno levantará a su compañero” (Eclesiastés 4:9-10). Pocas imágenes describen mejor lo que estas familias vivieron durante años de estudio compartido: el sostén mutuo, la recompensa que se multiplica cuando el esfuerzo es de dos, la certeza de que no se cae solo porque hay alguien al lado.
La educación adventista no concibe la formación profesional como un camino que se recorre solo. Debido a su fundamento bíblico sostiene que la familia es la primera institución que Dios estableció, y esa convicción moldea la cultura de una universidad donde el éxito no es solitario: las cargas se distribuyen, los tiempos se negocian, los sueños se comparten.
Cuando llega el día de la graduación, la toga no la lleva una sola persona: la lleva una familia. La UAP se enorgullece no solo de sus graduados, sino de las familias que caminaron con ellos —de cerca o de lejos, conociéndonos de antes o descubriéndonos ese día—. Porque cuando una universidad educa con este horizonte, no solo forma egresados: contribuye a una sociedad más sana, a hogares más sólidos y, en última instancia, a un mundo más parecido al que Dios imaginó.
Haciendo click en este enlace podrán ver un video testimonial de padres que fueron parte en esta celebración. (video)
Mag. Horacio Rizzo



